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blog temporal de pruebas

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jueves, 13 de septiembre de 2012
Publicado por Ginés Linares en 23:43 0 comentarios

3a prueba

 
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Publicado por Ginés Linares en 23:37 0 comentarios

otra prueba

 
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Publicado por Ginés Linares en 23:04 0 comentarios

-(Entre paréntesis)- 5/9

 
CAPÍTULO 9

La arena húmeda se acomodaba a sus pies descalzos con sugerentes caricias. Cada paso que daba era un estímulo relajante que diluía sus pensamientos. El aroma salino impregnaba cada molécula de aire y el fuerte oleaje rompía en olas largas y chispeantes que traían una espuma que rezumaba salitre con cada inspiración que tomaba.
Se detuvo unos instantes a sonder la negrura del Océano Pacífico. Era una noche ya avanzada. Quizá fuesen ya las doce o la una de la madrugada. La oscuridad inmensa que se extendía en el mar se rompía cada pocos segundos con relámpagos que iluminaban el mar embravecido y las nubes grisáceas. Los hilos de luz saltaban desgajándose entre nube y nube y se hacían cada vez más frecuentes.
De vez en cuando llegaban, en forma de retazos inconexos, sonidos procedentes de la mansión cercana. Conversaciones, risas y fragmentos de música. Las hogueras lejanas, a unos doscientos metros, iluminaban un jardín que se iba despoblando de invitados a medida que la sensación de lluvia inminente se iba afianzando. También el frío venido del mar helaba el aire y disuadía a todo aquel que esperase disponer de un lugar alejado del bullicio de la fiesta en busca de intimidad. La fachada trasera de la mansión estaba iluminada por focos en el suelo, incidiendo sobre la fachada y los laterales, mostrando una mansión del siglo XVIII restaurada y mantenida por la familia Walsh.
Quería escapar de allí. Salir de aquel lugar de politiqueo y rumores, de tratos bisbiseados y pactos sellados con risas y miradas entornadas. De mujeres sofisticadas que mostraban más carne y encantos que en la sección de carnicería de un supermercado. Quería volver a casa y olvidarse de todo, de todos, quería meterse en la cama y dormir plácidamente, al margen del mundo exterior. Dormir y no despertar en mucho tiempo.
La lluvia comenzó de repente. Había sido augurada por los nubarrones pero llegó de forna ineserada, como un manto extendiéndose sobre aquella playa privada, esparciéndose como la sábana que se ahueca en la cama y luego se aposenta despacio. Los relámpagos se sucedían cada vez con mayor frecuencia y comenzaban a descender hacia el mar.
Las pocas personas que quedaban en la playa corrieron hacia la mansión buscando un refugio contra la lluvia. Era una lluvia gruesa y espesa, y hacía aún más peligroso caminar sobre la arena húmeda, a merced de los dubitativos relámpagos, y no tanto por el aguacero.
Por eso, cuando vio a la figura solitaria, iluminada unos instantes por un relámpago que cayó a varios kilómetros de la costa sobre una ola, corrió hacia ella para advertir a él o a ella que debía ponerse a cubierto de inmediato.
Se sobresaltó al advertir que la figura corría también a su encuentro. El intenso oleaje acompañó sus pisadas crujiendo sobre la arena.
Un relámpago certero iluminó la figura cuando estuvo frente a ella.
Era Elisabeth. El trueno ensordecedor acompañó su estupor y ambos se estremecieron al notar el aire vibrar con el potente sonido. Llevaba las sandalias de la mano.
—¿Qué haces aquí, Elisabeth, estás loca? Tienes que volver adentro, los relámpagos están cayendo muy cerca.
—Lo mismo podría yo recriminarte, Rodderick. Corría para avisarte también.
El siguiente relámpagos los iluminaron débilmente, cayendo lejos de la costa. Rodderick contuvo la respiración al contemplar el cabello empapado de Elisabeth. Había deshecho el recogido de su peinado y, ahora sueltos, los mechones finos lamían su cuello y sus hombros como si acariciasen su piel. Su vestido estaba empapado y sus pechos estaban perfectamente definidos, coronados por unos bultos erizados y alzados por unos brazos cruzados que se agitaban espasmódicos clamando unas migajas de calor.
Cerró los ojos para ocultar aquella visión divina y se quitó la chaqueta del esmoquin para cubrir con ella a Elisabeth. Ella no dijo nada al principio y tampoco ofreció resistencia al gesto. Solo le miró con aquellos grandes ojos que reflejaron otro relámpago aún más lejano. Su cara estaba húmeda por la lluvia pero la palidez de su piel contrastaba con el enrojecimiento alrededor de sus ojos. Rodderick musitó un agradecimiento por aquella lluvia que ocultaba las lágrimas que aún afloraban en sus ojos verdes.
—Gracias —murmuró sin dejar de mirarlo.
Sus labios temblaban y su mentón acusaba un estremecimiento que a Rodderick le resultó insoportable. La lluvia remitía poco a poco pero notó como su camisa se reducía a una tela finísima que se amoldaba a su pecho y su espalda. Ella contempló el cuerpo musculoso y entreabrió sus labios. A Rodderick le resultó lo más parecido a una súplica.
La estrechó entre sus brazos y la besó. Ningún pensamiento surgió de su cerebro, solo el instinto y el impulso de hacer algo que ansiaba con toda su alma. Elisabeth estrechó su cuerpo contra el suyo y correspondió a su beso.
Un trueno muy lejano fue el único testigo de aquel beso.


CAPÍTULO 10

—Aún te sigue gustando caminar bajo la lluvia.
—Claro que sí, Rod. Solo han pasado tres meses, ¿acaso voy a cambiar mis pequeños placeres en sólo tres meses?
—Yo diría que sí; hoy te he visto diferente. Nunca imaginé que te pondrías un vestido tan… tan…
Eli le miró mientras seguían caminando por la playa. Rod no la devolvió la mirada, seguía con la vista fija al frente. La lluvia que caía era ahora fina, casi una caricia que humedecía sus rostros con diminutas gotas. Elísabeth pensó que quizá la lluvia era también la causante de la intensa humedad que mojaba su ropa interior. Las nubes se alejaban y el cielo negro y estrellado se iba vislumbrando en claros cada vez más grandes. La luna menguante hizo acto de presencia durante unos instantes y proporcionó una visión momentánea de la playa desierta. Incluso las olas parecían haber perdido gran parte de su empuje y ahora llegaban a la arena con poca espuma.
—Que parezco una cualquiera, querías decir, ¿verdad? —retomó la frase Elisabeth—. Es cierto, nunca habría escogido este vestido para venir a la fiesta. A decir verdad, ni siquiera habría acudido a la fiesta de no ser por Phill.
Rod la miró. Evitó pasar un brazo alrededor de sus hombros. Antes lo había hecho y ella se había apartado para, con una suave reprimenda en su mirada, advertirle que nada había cambiado entre ellos. En su lugar, Rodderick alzó el cuello de la chaqueta del esmoquin en el que ella se acurrucaba para proteger su cuello del relente. Su cabello estaba aún húmedo y sus dedos se deslizaban por él como en una superficie de mármol, dura y fría. El contacto despertó en él recuerdos de antaño, recuerdos imborrables que no fueron, como otras veces, empañados por los acontecimientos de hacía tres meses. Recuerdos de una ducha compartida donde la esponja caía al suelo sin ser utilizada para ser sustituida por manos y labios vibrantes.
—Me da lo mismo —murmuró él de repente, dando un paso largo y deteniéndose frente a Elisabeth—. Me da lo mismo lo que ocurriese. Me he dado cuenta de que si tú no estás a mi lado…
Elisabeth cerró los ojos con fuerza y apoyó su mano sobre el pecho de él.
—Calla, por favor —dijo en voz baja.
El corazón de Rod latía apresurado, impulsivo como su dueño, advirtió Elisabeth. El calor que emanaba de los pectorales era demasiado intenso como para ignorarlo. Lo único en que pensaba era en refugiarse entre sus brazos y apoyar su cara en su pecho acogedor, sentir como sus manos le acariciasen el cuello y las mejillas y el cabello, revolverse sonriente entre aquella agradable tibieza, para luego tumbarlo sobre la arena y acurrucarse entre él, como subida a una balsa que se desliza por un río tumultuoso. Pero no podía ser.
Apartó la mano con pesar del pecho de Rodderick.
—Yo te quiero con… —insistió Rod.
—No sigas, por favor —suplicó Eli esquivándole y reanudando el paseo—. Todo ha cambiado, ¿no lo comprendes? Tú tienes a Mary Ann y yo a…
A un egocéntrico y despiadado Phill que, con su dinero, había comprado su cuerpo, pensó desolada. Sus regalos habían comprado sus reticencias y ahora, viéndose como un trofeo en sus manos, se sentía asqueada consigo misma. Se preguntó cómo había llegado hasta aquel extremo.
Rod suspiró y caminó hasta alcanzarla.
"Más juntos que nunca pero más separados que antes", se lamentó él. Elisabeth tenía razón: no podía encerrar estos tres meses entre unos paréntesis, como si nunca hubiesen ocurrido. Era un iluso por atreverse a dejar que esa ilusión avivase su esperanza. Él estaba dispuesto a perdonar, a olvidar, a cerrar los ojos y permitir que el tiempo borrase aquella fotografía de ella en un teléfono móvil, una fotografía en la que Elisabeth besaba a otro hombre. Ni siquiera la cara se la veía bien porque la imagen estaba borrosa, pero el vestido que ella llevaba era inconfundible: el mismo con el que se presentó en el café al día siguiente cuando acudió a la cita. Recuerda que aquel vestido fue como una burla, una forma cruel de reírse de su ingenuidad.
—Fue por tu vestido, ¿sabes? —murmuró Rodderick.
Eli lo miró avergonzada.
—Lo ha elegido Phill, no yo. No me juzgues por unos escotes o una falda corta. Ni siquiera estas sandalias son idea mía; fíjate en los tacones —dijo alzándolas—, no hay mujer que ande derecha sobre estos cuchillos tras dos horas de pie.
—No, Eli. Me refiero al vestido que llevabas aquel día, en la cafetería.
Eli sonrió a medias. Aquel vestido sí que era de su estilo, de falda amplia y estampado alegre de flores. Sin embargo, no había vuelto a ponérselo: llevaba asociados demasiados recuerdos funestos.
—No he vuelto a usarlo. Tampoco supe dónde lo habías comprado para devolverlo y darte el dinero.
Rodderick parpadeó confuso.
—Elisabeth, yo nunca te regalé ningún vestido. Tampoco ese.
Ella se detuvo y él la imitó.
—Ni siquiera tengo dinero para comprar un esmoquin, este es alquilado. Ojalá hubiese tenido alguna vez dinero suficiente para comprarte un vestido, tú lo sabes, o un collar bonito. Me sorprende que digas que te lo regalé yo.
—Pero él me dijo…
Elisabeth cerró la boca. No debía haber dicho eso en voz alta. Comprendió que era tarde cuando Rod se giró hacia ella y la miró con expresión grave.
—¿Él? ¿Quién es él, de quién hablas, Eli?
No puede ser, pensó Elisabeth. No, no puede ser. No puede haber ocurrido todo por un simple y artero plan. Quizá una sola respuesta pudiese confirmar sus sospechas.
—Rodderick, quiero que me respondas a una pregunta con total sinceridad, ¿vale?
Él negó con la cabeza.
—No hasta que me digas quién te regaló el vestido.
Elisabeth se mordió el labio inferior. Bajó la mirada y contempló atemorizada los manos de Rod cerrase en dos puños que iban adquiriendo una dureza creciente. Era igual de rápido de mente que ella, también habría adivinado el complot al que ambos habían sido sometidos.
—Dime por lo que más quieras cuándo viste aquella foto.
Rodderick negó de nuevo.
—No, no. Dime quién fue.
"¿Y dejar que destroces tu vida, mi amor?", pensó Elisabeth, "Ni lo sueñes".
—¿Cuándo te enseñaron esa fotografía, Rod? Dímelo y yo te diré quién me regaló el vestido —mintió.
Rod la tomó por los hombros y ella se estremeció al notar la fuerza con la que la sostenía. Sabía que él solo la obligaba a hablar primero; no tuvo dudas de que, pronunciando el gemido más tenue, él la soltaría al instante.
Pero se mantuvo firme y le miró a los ojos, desafiante. "Tú primero, Rod".
—¡Dios! —gritó él al mar.
Elisabeth era condenadamente frustrante de convencer. Conocía perfectamente a Eli. Ella jamás daría su brazo a torcer si sabía que tenía razón. Y, casi siempre, la tenía.
—El día anterior —musitó tras unos segundos. La soltó y se cruzó de brazos, girándose en dirección a las olas—. Me enseñaron la fotografía el día anterior.
Elisabeth contuvo la respiración y exhaló de golpe, sin poder creer la mezquindad que la confesión de Rod otorgaba al que le había regalado el vestido.
Quiso llorar de rabia. Quiso llorar al sentir que aquel despreciable ser la había robado tres meses de su vida, de una vida junto al hombre que seguía amando con toda su alma.
Una nube oscura ocultó en ese momento la luna menguante. Las sombras los envolvieron a ambos. Oyeron unas pisadas lejanas y Elisabeth y Rodderick se giraron hacia la fuente de aquellos sonidos.
Ambos sabían quiénes se acercaban.
Cuando Phill y Mary Ann llegaron a su lado, ninguno de ellos pronunció una palabra.
Tras varios segundos, Mary Ann les gritó:
—¿Estáis locos o qué? Podíais haber sido alcanzados por un rayo, maldita sea.
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-(Entre paréntesis)- 4/9

 
CAPÍTULO 7

—Cariño, no es lo que te imaginas… —dijo Rodderick.
—Por supuesto que no lo es, tonto —sonrió Mary Ann acercándose a él. Se interpuso entre Rodderick y Elisabeth y le rodeó el cuello con sus brazos—. Estaba bromeando.
Le besó apretando su boca contra la suya, explorando el interior con toda meticulosidad mientras ceñía su cadera a la cintura de él, restregándose sin recato alguno. Dejó que una de las piernas se doblase ligeramente, alzando el tacón del suelo.
Eli contempló el profundo beso de reojo.
“No va a afectarme”, se dijo, “no va a afectarme”. Pero cuando vio como las manos de Rodderick, guiadas por las de Mary Ann, se cerraban sobre las nalgas de ella, una sonrisa frustrante asomó a sus labios.
"Es patético", pensó mientras veía como los dedos de él asían la carne turgente de otra mujer. Era patético aquel sentimiento de perdón que había surgido de su interior, patético su interés por olvidar el incidente hacía tres meses, patético aquel furor que la recorría entera el estómago, anhelando que aquellos dedos oprimiesen su cuerpo y no el de Mary Ann.
Se acercó hasta la mesa de los licores para recoger su bolso. El beso aún continuaba. Carraspeó irritada al saberse totalmente ignorada. Ambos se separaron y la miraron.
—Yo me marcho —dijo en voz baja.
—No, por dios, Elisabeth —sonrió Mary Ann entornando los ojos—. Lamentaría haber interrumpido una conversación. Por cierto, ¿de qué estabais hablando?
—No… no… —las palabras titubearon en la boca de Elisabeth. Apretó fuerte el bolso contra su vientre.
—Nada importante, cariño —salió al paso Rodderick. Levantó ligeramente los dedos del trasero de Mary Ann cuando notó un movimiento fugaz de la mirada de Elisabeth sobre sus manos.
—¿Nada importante? —susurró Mary Ann volviéndose hacia Rodderick y depositando varios besos minúsculos en su cuello.
“Nada importante, en efecto”, pensó Elisabeth. Se alejó de ellos y se encaminó hacia la puerta.
Casi se topa de bruces con Phill.
—Eli, tesoro mío, te estaba buscando, ¿dónde estabas?
—Sirviéndome una copa.
Phill carraspeó al ver a Rodderick y Mary Ann besándose de nuevo. Luego volvió su mirada hacia Eli. Ella mantenía la vista lejos de la pareja.
—¿Y la copa?
Eli dio un respingo y miró a Phill sonriendo.
Esto no puede estar ocurriendo, se dijo. No solo la velada estaba saliendo patas arriba sino que, al final, habría de convencerse de que, en verdad, era una promiscua y una mujerzuela.
—Me encontré con Rod, conversamos y…, bueno se me olvidó coger la copa.
Phill le devolvió una mirada grave para luego mirar a Rodderick con un brillo suspicaz en sus ojos. O, al menos, así se lo pareció a Elisabeth.
—¿Rodderick Holmes? No puedo dejar de saludar al mejor quarterback del equipo —la tomó de la mano y tiró de ella con firmeza hacia la pareja que aún continuaba besándose—. Ven cariño, ven conmigo.
Elisabeth ofreció poca resistencia. Por nada del mundo querría estar un segundo más en aquella salita. Pero debía mantener una compostura hacia su novio Phill. Como si él la leyese los pensamientos, la tomó por la cintura y la obligó a mirar de cerca el lujurioso beso y a oír los gemidos de ambos al respirar apasionadamente.
Se plantaron enfrente de la pareja y Phill aguardó durante cinco eternos segundos para terminar por carraspear, atrayendo la atención.
Rodderick y Mary Ann le miraron. Tenían los rostros enrojecidos y sus labios húmedos aún parecían contener ecos de un beso placentero. Elisabeth bajó la vista, avergonzada.
—Disculpad que os interrumpa, chicos, pero me he dicho: “Hey, ¿no es ese Rodderick Holmes, el mejor quarterback del Campus?” Tenía que saludarte, de verdad, gracias a ti ganamos la liga la temporada pasada.
Phill introdujo una mano entre la pareja para poder coger la mano de Rodderick y estrecharla con vigor. Si el gesto fue arrogante, las palabras que le siguieron fueron como mazazos sobre Elisabeth.
—Tu chica debe ser Mary Ann —ni siquiera la miró. Siguió estrechando con renovado vigor la mano de Rod—. Es un honor, de verdad. ¡Qué daría por tener tus brazos y tus piernas! Bueno, algo sí compartimos —Phill sujetó con fuerza la cintura de Eli—. Supongo que conocerás a mi novia Elisabeth, ¿verdad? Ya sé que antes era tuya, pero ahora me pertenece a mí.
—Quieres decir que estáis saliendo juntos… —matizó Rodderick mirando a Eli. Ella no despegaba la vista del suelo. Adivinó que su cara estaría ahora profundamente ruborizada.
—No, Rodderick, no. Cuando digo que Eli me pertenece es porque Eli es mía.
"En cierto modo", pensó ella, "tiene razón". El vestido es suyo, los zapatos son suyos, el bolso es suyo. Incluso el peinado lo había pagado él. Se podía decir que el maniquí que era en ese momento era propiedad de Phill Crawford.
Mary Ann fue testigo del enfrentamiento de miradas de los dos hombres. Supo que, de un momento a otro, iban a abalanzarse uno sobre el otro y despedazarse. Y la corpulencia de Rodderick y la cabeza que le sacaba a Phill presagiaban una pelea sumamente corta y humillante. El muy idiota lo iba a estropear todo.
El sonido de un teléfono móvil sonó providencialmente.
Era el de Phill. Se sacó el aparato del bolsillo de la chaqueta.
—Phill Crawford al aparato, ¿qué puedo hacer por ti?
Elisabeth sintió como sus piernas no podían más. Por suerte, el saludo típico de Phill al responder una llamada la hizo esbozar una sonrisa. Se agarró a su brazo.
Phill escuchó durante unos instantes. Luego se dirigió a Rodderick y le palmeó en el cuello.
—Ánimo, chaval, sigue jugando así.
Phill se dio media vuelta, agarró bien fuerte a Elisabeth y marchó. Eli parecía un fardo en sus brazos, un pelele sin voluntad. Rodderick apretó el puño. Había estado a punto de perder el control. Unos segundos más tarde y aquel desgraciado hubiese tenido que salir de la fiesta con una cara nueva.
Un tenso silencio apareció una vez que Phill y Elisabeth atravesaron la puerta.
—Un tipo interesante ese Phill, ¿verdad, cariño? —comentó Mary Ann besando el cuello de Rod. Sus manos descendieron hacia el paquete del chico y apresaron sobre el pantalón la verga hinchada.
Rod se limitó a asentir con la cabeza. Ni siquiera se dio cuenta de los besos de Mary Ann y de su mano sobre su miembro.
Otro pensamiento ocupaba su mente por completo.


CAPÍTULO 8

Mary Ann estaba cansada de sonreír. Estaba cansada de poner buena cara a la sarta de estupideces que iba oyendo en cada grupo de compañeros de universidad, profesores, políticos en ciernes, jugadores de beisbol y las respectivas parejas de cada uno de ellos. Estaba cansada de que todas las miradas masculinas bajasen de sus ojos hacia el contorno de sus pechos, su trasero o su muslo desnuda. Estaba cansada de aquella fiesta.
En ese momento estaba con un grupo de hombres que la miraban como lobos hambrientos. En cualquier otro momento habría incluso disfrutado de la atracción indudable que sus curvas provocaban en las mentes simples de los hombres, pero ahora no.
El grupo de hombres parecían conversar sobre los métodos de enseñanza, de quién iba a ganar la liga este año, de tal o cual equipo que había fichado a ese jugador estrella del que todos hablaban, de las elecciones al decanato. No sabía cómo había ido a parar donde aquel grupo. Dos cuarentones, uno con pelo canoso y otro con barba de chivo, y dos jóvenes de su edad, uno un jugador de béisbol frustrado y el otro era un estudiante de último curso de carrera. Hablaban y hablaban. Y ella asentía con cada explicación y sonreía ante aquello que sonaba gracioso y miraba hacia tal o cual persona que uno de los cuatro señalaba para reafirmar sus palabras. Pero lo gracioso del asunto eran sus miradas: cuando miraban a otro, la trayectoria de su mirada siempre pasaba por ella. Aunque se dirigiesen hacia el compañero de al lado, ella siempre resultaba alcanzada por aquel cruzar de miradas. Era como un lugar de repostaje. Pechos, muslo, cara, cabello. "Eso es", pensó para sí, "soy una zona de repostaje, una cara bonita y un cuerpo curvilíneo donde recrear la mirada y la imaginación para luego volver al tema de la conversación".
Detestaba incluso la tenue excitación que comenzaba a sentir.
—Disculparme, voy a estirar un poco las piernas con un paseo —dijo con una sonrisa.
Odiaba aquellas fiestas. Las odiaba con toda su alma. De entre los cientos de invitados allí apiñados en la gran sala de la mansión de los Walsh, solo conocía a cuatro docenas a lo sumo. Y todos ellos parecían haberse escondido porque, caminando entre los grupos, se dio cuenta que ninguna cara le resultaba familiar.
Al menos le quedaban, al fondo a la derecha, los grupos de jugadores de beisbol cuyos cuerpos conocía a la perfección, así como ellos el suyo. Entre ellos estaría Rodderick.
Por el camino fue abordada literalmente por Rose. Chocó con ella. Llevaba una copa de champán en cada mano y le tendió una de ellas.
—Por fin te encuentro —rió su amiga. Al fijarse en su mirada algo descolocada, comprendió que había bebido más que suficiente por aquella noche—. Es condenadamente difícil encontrar a alguien con quien charlar a gusto en esta maldita fiesta.
—Dímelo a mí. Los tíos solo parecen mirarme para adivinar de qué color lo tengo y, entre la política, el deporte a la universidad, estoy saturada de información que no entiendo y que no quiero entender.
Las dos rieron a gusto.
—Estos tacones me están matando, te lo juro —murmuró Rose apoyándose en el hombro de Mary Ann y levantando un pie—. No sé cómo te las arreglas para ir siempre con esos tacones en clase. Bueno, en clase y en cualquier parte; creo que aún no te he visto nunca con zapatillas o zapatos planos.
Mary Ann sonrió condescendiente. Sus tobillos estaban a punto de desencajarse pero debía mantener su imagen pública de mujer sofisticada y elegante.
—Pues no sé qué decirte, Rose. Supongo que unas pueden y otras… pues no.
Dejó la frase sin terminar para humillar aún más a su amiga. De repente, ya no quería seguir estando a su lado, su amistada ya no era relevante. Rose acumulaba unos kilos de más que hacían que sus caderas se pronunciasen demasiado y ese cabello suyo tan fosco, tan salvaje desentonaba demasiado con el suyo, uno de doscientos dólares que acompañó de una limpieza de cutis y una depilación oriental. Además, se rumoreaba que Rose se había enfadado con sus padres y éstos iban a cancelar todas sus tarjetas de crédito. Eso significaba que dispondría de menos dinero para comprar ropa y su aspecto general descendería hasta el grado de una estudiante becaria. Y Rose era como ella: no tenía más conocimientos en la vida que saber cómo emplear su cuerpo para empinar una verga lo más rápido y alto posible.
Además, Mary Ann solo se codeaba con lo mejor de lo mejor. No permitiría que su caché social se viese deslucido por Rose, una chica del montón. De repente pensó qué ocurriría si también sus padres le cancelasen todas sus tarjetas de crédito. Se vería obligada a aceptar un trabajo a media jornada para poder mantener un estilo de vida que no se acercaría, con mucho, al actual.
Su corazón se detuvo, agónico, ante aquella perspectiva.
Pero luego sonrió. Ella no se podría ver en aquella situación. Imposible. Sus padres eran lo bastante manipulables para permitir sus caprichos y lo bastante ricos para importarles el importe de cualquier compra que ella hiciera. Aparte de lo suficientemente idiotas para importarles con cuántos chicos se había acostado ya.
—Oye, Rose, ¿has visto a Rod por allá? —preguntó señalando hacia los grupos del fondo a la derecha.
Aunque tuviese unos altos tacones, la altura de los hombres era demasiada para poder atisbar por encima de sus cabezas.
—Creo que lo vi saliendo hacia la terraza que da a la playa.
Su corazón volvió a detenerse. Y esta vez las perspectivas no pintaban nada bien. La playa. Quiso preguntar a Rose si iba con alguien. Pero supuso que el rictus sorprendido de su cara ya era motivo suficiente para despertar los recelos de Rose.
—¿Cuándo lo viste?
—Hará un cuarto de hora, más o menos. ¿Qué ocurre, Mary Ann?
"Maldita sea. Maldita sea esta estúpida fiesta. Maldita sea esa mala puta de Elisabeth. Maldito sea el estúpido de Phill. Malditos sean todos".
Ni siquiera se excusó ante Rose cuando dio media vuelta y se dirigió al fondo de la sala a la izquierda, donde se encontraba el Gobernador. A su lado, como una polilla rondando una lámpara, se encontraría el mequetrefe de Phill. Se apostaba un polvo sin protección a que allí encontraría a ese tarugo.
Se internó entre las personas a toda prisa. Pidió varias veces perdón y tuvo que recogerse la cola del vestido para ir más deprisa, sin importarla sentir como su entrepierna se aireaba con la brisa de su carrera.
Aquella carrera desesperada era un calco exacto de otra hecha hacía poco más de una hora. Y eso la enfurecía insoportablemente.
"No puede ser", se dijo apretando los dientes y frunciendo el ceño, no puede ser, “Por tu bien espero, Phill Crawford, que tengas a tu putilla bien atada y a tus pies”.
A medida que iba acercándose, Mary Ann se iba convenciendo de que sus peores temores se iban a hacer realidad. Y, cuánto más lo pensaba, más rápidos eran sus pasos, más fruncido estaba su ceño, más agria su expresión.
Cuando encontró a Phill estaba solo. Aunque en el fondo esperaba un milagro y había aceptado la fatal realidad, al verlo sin Elisabeth, revoloteando entre el Gobernador y el Decano como la polilla que era, sintió como el aire escapaba de su pecho y el corazón le latía imparable.
Un rápido vistazo a los grupos de alrededor, sin encontrar a la mujer que más odiaba en ese momento, bastó para confirmarla lo que ya era evidente. Se bajó la falda para ocultar su entrepierna con un tirón angustioso.
Phill se fijó en ella. Esta vez solo le tomó un segundo sumar dos y dos en su cabeza. Miró a su alrededor con expresión funesta. Apretó los puños y entornó los ojos. Se disculpó de nuevo ante el Gobernador y el Decano cuando se dio cuenta que Mary Ann iba a acercarse a él.
Ella no estaba dispuesta a ser escaneada lúbricamente de nuevo por las miradas de los dos cuarentones. De todos modos, era consciente de haber mostrado el triángulo de su sexo a media fiesta con aquella carrera.
—¿Dónde está tu chacal? —masculló Phill evitando mirarla y escrutando con la mirada a su alrededor. No quería mirarla de frente y tener que soportar aquella mirada de un azul gélido y recriminador.
—Mi chacal estará con tu zorra, maldito estúpido —espetó dando un paso hacia él. Phill tuvo que mirarla de frente y asumir su parte de culpa—. Y, si no me equivoco, esos dos andarán en la playa en este momento.
—¿En la playa? —Phill retrocedió un paso. También Mary Ann se había descuidado y había perdido de vista a su novio. Pero, qué supiese dónde se encontraban en ese momento, le hizo temer a aquella mujer de vestido provocativo con lentejuelas rojas y escotes vertiginosos— ¿Qué hacen en la playa?
Mary Ann suspiró con desánimo. Aún no comprendía cómo había aceptado formar parte de un plan ideado por un descerebrado como Phill Crawford.
—Ya estoy jodidamente harta —siseó volviendo a estrechar el espacio entre ellos dando un paso hacia él—. Me vas a hacer cabrear, malnacido y, entonces, sí que vas a enterarte de quién es Mary Ann Parker Bowle.
Phill tragó saliva. Conocía muy bien la alargada sombra que la familia Parker extendía sobre el Campus. Pero también sabía que los Crawford no se quedaban atrás. Dio un paso más hacia ella para que sus cuerpos quedaran muy juntos.
—Escúchame bien, señorita Parker “zorra” Bowle —murmuró verdaderamente furioso, usando el mote oficioso que la chica tenía entre sus amigos—. Ahora mismo vamos a ir a la playa. Tú te llevas a Rodderick de esta fiesta y yo a Elisabeth. Y no quiero volver a verte ni a ti ni a él, ¿ha quedado claro?
Mary Ann inspiró varias veces llenando su pecho de aire. El aliento de Phill Crawford la provocaba nauseas, su perfume la revolvía el estómago y su mirada desafiante parecía clamar a los cuatro vientos que su cara fuese golpeada.
Ninguno de los dos parpadeó mientras Phill soportaba la desafiante presión de los pechos de Mary Ann sobre el suyo y Mary Ann pugnaba por no desfallecer ante el fétido aliento de Phill.
Al final ella cedió y desvió la mirada. De ningún modo se consideraba derrotada, era más bien un recurso para evitar la confrontación y poner remedio a su mutua y apurada situación.
—Vamos, sígueme —dijo él con tono ufano por saberse vencedor.
Se dirigieron hacia la terraza que daba a la playa.
En cuanto salieron al exterior, la noche los envolvió. Un reguero de truenos lejanos se oyeron a lo lejos mientras el rumor de unas olas encabritadas se imponían a la algarabía de la fiesta que dejaban atrás. Varios grupos se arracimaban ente grandes antorchas de exterior que iluminaban el jardín lateral y que proporcionaban algo de luz y calor en el ambiente oscuro y destemplado.
Sin embargo, más allá del jardín, la oscuridad se adueñaba de la arena de la playa y, aunque varias luces dispersas proporcionaban un mínimo de visibilidad, varias figuras oscuras que paseaban por la playa privada reducían la posibilidad de encontrar a Rodderick y a Elisabeth fácilmente.
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